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viernes, 21 de noviembre de 2008

No soporto...

...a la gente que come los quicos como si fueran pienso; compiten en mal gusto con los que indundan los alrededores de los bancos de cáscaras de pipas.
Abren la bolsita y empinan el codo como si bebieran un cubata, metiéndose veinte quicos de golpe en la boca y llenándose de sal las comisuras de los labios, mientras su cara mantiene la expresividad de un pescado.
CROC CROC CROC... a ver si pilla uno duro y ve las estrellas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Mundos paralelos

Las marujas al borde de la jubilación que hablan frenéticamente acerca de la supuesta enfermedad de la hija de la vecina de la cuñada de su sobrino.
Los chavales sin estudios y con trabajos basura que beben cubatas con polvos mágicos, fuman y ríen alegremente mientras se dirigen a la discoteca.
El ejecutivo sin horarios que ahoga su soledad en un iPhone.
El inmigrante que vuelve de trabajar en la obra, sucio y mal vestido, fatigado y con cuatro duros para trampear hasta fin de mes.
La pareja snob que habla sobre su apasionante vida como galerista ella y diseñador gráfico él, y sus implicaciones con el cubismo barroco postmodernista.
La joven garrula que arrastra un bebé que no está capacitada para criar, fruto de una relación que nunca funcionará.
El grupo de universitarios conversando distendidamente sobre las asignaturas que cursarán el siguiente cuatrimestre.
Es entonces cuando me doy cuenta de que cada uno vivimos en nuestra propia burbuja, nuestro subjetivo mundo verdadero, nuestra versión oficial de la realidad. Y me pregunto qué ha hecho que vayamos a caer en un cajón u otro.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Baile de diablos

Demasiado abrigado para la época del año, te cubres la cabeza y la cara con pañuelos e impaciencia mientras se acerca la hora. En un momento dado, empiezan a sonar los tambores y se encienden las primeras bengalas. Tras observar unos instantes y tomar aire, corres hacia ellas y empieza el recorrido.
A ratos eres perseguido por el fuego y escapas enmedio de la semicontenida histeria colectiva, a ratos eres tú mismo el que va a buscarlo y te agarras junto con otros a las faldas de un diablo que hace danzar su mástil llameante, en una especie de episodio de catarsis conjunta. Te adelantas con un grupo de corredores y pides agua a la gente que mira desde sus balcones. Cuesta mucho de conseguir, pero finalmente algún cubo cae encima tuyo.
Estás sin aliento de correr y berrear mientras saltas, con el pañuelo empapado; tienes que despegártelo de la cara para poder respirar, y apenas te quedan energías para gritar por más líquido. Atraviesas las puertas de fuego que se van encendiendo por el camino, como una etapa más completada de la carrera.
Se montan barreras que intentan retener a los demonios flameantes, y que se rompen cuando éstos atacan a golpe de fuego y chispas en una batalla perdida de antemano. Te acorralan los diablos que arrastran con malicia chorros de bengalas por el suelo, corres y saltas medio escapando, medio exponiéndote. Danzas entre la multitud junto con varios demonios. En el camino, alguna que otra chispa llega a quemarte. Es parte del componente masoquista que destila la fiesta.
Estás cansado y empiezas a separarte algo más del desfile, aunque de vez en cuando no puedes evitar volver a meterte debajo de una bengala giratoria, o simplemente te ves arrastrado a ello.
Pero entonces el recorrido llega a su final. Descansas unos momentos y, conforme van llegando, los diablos hacen un último acopio de fuerzas y, juntando todas sus mazas en círculo, las encienden de golpe y aquello se convierte en una auténtica lluvia de chispas apocalíptica en la que te introduces como último paseo entre las llamas liberadoras. Después de esto, hace la aparición el dragón, que se pasea enmedio de la plaza en un último arrebato de rabia, y ya sólo permanece algún diablo aislado que se resiste a dejar su mástil, otro danzando con llamas, y algunos fuegos artificiales que sentencian el evento.
Los tambores todavía siguen resonando a toda mecha; sacan una manguera y te riegan mientras saltas y bailas junto a los demás, dejándote chorreando y limpiando las cenizas que puedan haber quedado después de este particular viaje a los infiernos. Para mí, el correfoc es sin duda un auténtico ritual de purificación.


[Han empezado las fiestas de mi pueblo, y el punto álgido ya ha pasado con la mejor tradición festiva del país. Una experiencia fantástica que libera adrenalina y quema la energía negativa, y que debe ser vivida desde dentro.]

miércoles, 20 de agosto de 2008

Hay de todo en la viña del Señor

Esta semana volvió al trabajo de sus vacaciones un tío que no conocía. El primer día nos presentamos, de forma bastante amigable.

El segundo día, tuve nuevos diálogos con él. No para de moverse para arriba y para abajo por la oficina, y en una pasada me dijo:
- ¿Qué, con el blog? - siguió caminando sin pararse.
- Jejeje, pues sí... - para qué negarlo, me han pillado y tengo la tranquilidad del trabajo hecho.
Al cabo de un poco volvió a pasar. Cambié de ventana.
- No te escondas...
- No me escondo.
Es cierto, más que el hecho mismo de no estar currando, acostumbro a ocultar el blog por delicadeza, ya que pienso que tal vez, si los demás sí que están haciendo trabajo (aunque en estas fechas nadie va estresado), puedan sentirse ofendidos por mi ociosidad. Así pues, me preparo para rebatir tranquilamente las acusaciones de vago.
Pero en su defecto, el tío me pregunta que qué blog escribo. ¿Habrá sido todo en plan colega? ¿Realmente le interesa lo que pueda escribir? Le enseño la pantalla con el título del blog, se ríe discretamente y se va diciendo "Ay, estos ambientólogos, que arsagaderwf [inaudible]".

En un minuto lo vuelvo a tener aquí, con la misma expresión de antes (y que lleva siempre), ni seria ni divertida. Me plantifica unos papeles al lado.
- ¿Conoces esta ley?
- ¿La de residuos? Bueno, alguna cosa, pero no me la sé.
- Uy, pues si no te sabes la Ley de Residuos de memoria...
Cara de circunstancias mía.
- ¿Conoces esta modificación que han hecho ahora en julio? - dice secamente.
- Pues no, la verdad; bueno, ahora que me lo has dicho tú, ejejej.
Arquea las cejas:
- Pues...
- Bueno, la verdad es que este último cuatrimestre no he hecho nada de residuos, estaba acabando...
- Es que no es cuestión de estudios o no.
(Anotación: en este trabajo no necesito PARA NADA la Ley de Residuos.)
- Sí, pero es que aquí... - empiezo a decir.
- No, si ya sé el trabajo que tiene Eva [la mujer a la que sustituyo]... - me corta, con cara de menosprecio mal dismulada hacia la pobre mujer- Pero si trabajas en un sitio con residuos...
- Ya, pero es que estoy BUSCANDO trabajo.
Se va.

Debería haberlo sabido cuando el primer día se dio tanta prisa en hacer notar que era el jefe de Eva y no sé quién más, cuando pretende ser el importante de las conversaciones llevando la batuta y cortándolas de golpe y marchándose, o cuando no para de ir de un lado a otro como si estuviera muy atareado, y con esos andares resueltos tan característicos de su grupo de gente: es capullo integral.
Me lo confirmó la única compañera que tengo ahora mismo en el espacio donde estoy, y ahora ya sé a quién se referían las que ahora están de vacaciones, cuando hablaban con palabras nada agradables de uno que "ojalá no volviera".

Y mientras que el tío este me incomoda durante mi última semana aquí (estoy convencido de que los paseos son más para controlar y hacerse el importante y ocupado que por necesidad), con mis operarios en cambio he mantenido una relación la mar de buena. Son gente mucho más sencilla, que te explica sus historias y tiene una actitud sociable. Ayer, el último día que los ví, uno me repetía que yo era mejor que la jefa habitual, y el otro me daba sus datos porque le sabría mal perder el contacto conmigo. No es que estas últimas reacciones fueran necesarias para tener buena opinión de ellos, aunque inevitablemente me enorgullezca que piensen así de mí. Pero es que joder, qué diferencia.

jueves, 14 de agosto de 2008

Infravaloración

Estoy harto de que la gente se tome a la ligera el hecho de ser ambientólogo. Ya de entrada, la mayoría pregunta "¿Y eso para qué sirve?", momento en que los ojos empiezan a escupir llamas. No, perdón, que uno de nuestros retos es educar a la gente. Se le explica como se puede con buenos modales, deseando que la persona en cuestión deje de hacer más preguntas, no porque no queramos entablar una conversación medioambiental, sino porque sabemos que las siguientes van a ser igual de gilipollas. Afortunadamente (en realidad por desgracia), con ésto tendremos suficiente, porque el individuo no tendrá ningún interés añadido en la materia que hemos elegido como profesión.
Otros especímenes, hasta se permiten preguntar con socarronería "Y qué trabajarás, ¿en Greenpeace?". A lo que nosotros responderíamos "Pues si hubiera oportunidad tal vez sí, capullo, ellos intentan hacer algo más importante que tú". Me he encontrado con alguno incluso (curiosamente ingeniero), que se regodea tachando los temas de medio ambiente poco menos que de mariconadas. Todos estos comportamientos me desesperan, porque demuestran una ignorancia supina, y me hacen ver por qué el mundo va mal.

Vamos a ver, señores, preservar el medio ambiente es NECESARIO. Cómo explicarlo. Cualquiera con dos dedos de frente (incluso tal vez los que tengan uno), puede entender fácilmente el siguiente razonamiento: si los recursos fósiles del planeta disminuyen inexorablemente por razones obvias y vamos diezmando sin piedad la base de los renovables (es decir, el territorio), mientras que nuestra población (y aún más, nuestro consumo individual de estos recursos) asciende de forma meteórica, me parece que todo el mundo coincidirá conmigo en que está claro que aquí hay algo que, antes o después, va a petar.
Pero como nos hemos creado nuestra propia burbuja, somos ajenos a esto. Nos hemos alejado de una manera tan bestia de la naturaleza que hemos dejado de entender su importancia. Y eso es grave, porque no deja de ser la Madre que nos parió, y a las madres hay que cuidarlas. Hemos llegado a tal nivel de egocentrismo que las cosas 'externas' (porque ahí está el quid, no son externas) a nosotros nos parecen nimias y sin importancia. No entendemos que no hay que morder la mano que le da a uno de comer, e incluso nos reímos de gente que habla de cuidar el entorno, vaya unos cursis, que se dediquen a hacer algo útil para la sociedad.

Pero es que si me apuran, conservar el medio ambiente no es sólo una cuestión de supervivencia a largo plazo, es una cuestión moral. Porque que alguien me explique qué derecho tenemos nosotros a creernos el centro del universo y tratar como nos dé la gana un planeta en el que no estamos ni mucho menos solos, pisando a todo lo que nos estorbe lo más mínimo para nuestro 'desarrollo'. Me parece preocupante que a la gente se la sude que cada año desaparezcan centenares de especies o que el desierto se coma kilómetros y kilómetros cuadrados de suelo fértil, mientras ellos sigan estando cómodos en sus casitas. Demuestra una falta de valores realmente preocupante.

Tal vez algún día tendremos lo que nos merecemos. Y entonces pensaremos, ¿por qué no hicimos algo? La mayor lástima es que para entonces nos habremos llevado con nosotros un montón de maravillas. Es por todo esto (y más cosas) que deberéis perdonarme si a veces tengo deseos de aniquilar a la raza humana.

jueves, 7 de agosto de 2008

Qué ricos

El otro día vi a un niño muy mono. Iba acompañado por su madre y por otro niño igual de mono, pero que parecía ser un amigo del primero. El niño lloraba. Pero no lloraba un poco, lo hacía desconsoladamente, con las mejillas empapadas y mocos cayendo de sus fosas nasales. Lo primero que pensé es que debía tener un trauma muy grande para estar así. Intentando ponerme en su lugar, se me ocurrió que tal vez le iban a operar y estaba acojonado, o le acababan de decir que su padre había muerto, o véte a saber qué.
El niño empezó a gritar. No sé qué mascullaba, pero gritaba mientras no paraba de llorar. Después de pensarlo un poco, la mujer decidió por fin hacer una parada, y se sentaron a mi lado, la madre con el niño-sopa encima, y el otro pequeñajo al lado, callado y aguantando el papelón. Finalmente, conseguí escuchar lo que discutían.
Por lo visto, el niño quería ir a jugar a otra plaza. Tan simple como eso. No quería ir a donde lo llevaban, quería ir a jugar a la plaza de tres calles más allá. Con toda su alma, por lo visto. Seguía gritando, y comenzó a dar los acostumbrados guantazos a su madre, que simplemente se dedicaba a rebatirle plácidamente a su criaturita. Pensé que, en el remoto caso de que aún no le hubiera dado una colleja hacía mucho rato, en ese momento se la habría llevado sin dudarlo. Me sacan de quicio los niños malcriados (que son muchos), y más de quicio me saca ver a los padres que no saben como lidiar con un bichejo de escasa edad, y pensar en la clase de persona en que se convertirán de adultos por culpa de los incompetentes que les han tocado como progenitores.

Más tarde, me acuerdo también de "Mallrats", donde en varias ocasiones, mientras pasean por el centro comercial, Brodie se queja de que los niños van sentados en las escaleras mecánicas y tentando a la suerte con sus manitas, y les desea a las respectivas madres que le pase algo al niño por no saber educarlo en condiciones. Al final, fuera de plano, se oye un grito pidiendo una ambulancia porque un niño se ha pillado en la escalera. Qué gustico.