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domingo, 21 de septiembre de 2008

Mundos paralelos

Las marujas al borde de la jubilación que hablan frenéticamente acerca de la supuesta enfermedad de la hija de la vecina de la cuñada de su sobrino.
Los chavales sin estudios y con trabajos basura que beben cubatas con polvos mágicos, fuman y ríen alegremente mientras se dirigen a la discoteca.
El ejecutivo sin horarios que ahoga su soledad en un iPhone.
El inmigrante que vuelve de trabajar en la obra, sucio y mal vestido, fatigado y con cuatro duros para trampear hasta fin de mes.
La pareja snob que habla sobre su apasionante vida como galerista ella y diseñador gráfico él, y sus implicaciones con el cubismo barroco postmodernista.
La joven garrula que arrastra un bebé que no está capacitada para criar, fruto de una relación que nunca funcionará.
El grupo de universitarios conversando distendidamente sobre las asignaturas que cursarán el siguiente cuatrimestre.
Es entonces cuando me doy cuenta de que cada uno vivimos en nuestra propia burbuja, nuestro subjetivo mundo verdadero, nuestra versión oficial de la realidad. Y me pregunto qué ha hecho que vayamos a caer en un cajón u otro.

jueves, 14 de agosto de 2008

Infravaloración

Estoy harto de que la gente se tome a la ligera el hecho de ser ambientólogo. Ya de entrada, la mayoría pregunta "¿Y eso para qué sirve?", momento en que los ojos empiezan a escupir llamas. No, perdón, que uno de nuestros retos es educar a la gente. Se le explica como se puede con buenos modales, deseando que la persona en cuestión deje de hacer más preguntas, no porque no queramos entablar una conversación medioambiental, sino porque sabemos que las siguientes van a ser igual de gilipollas. Afortunadamente (en realidad por desgracia), con ésto tendremos suficiente, porque el individuo no tendrá ningún interés añadido en la materia que hemos elegido como profesión.
Otros especímenes, hasta se permiten preguntar con socarronería "Y qué trabajarás, ¿en Greenpeace?". A lo que nosotros responderíamos "Pues si hubiera oportunidad tal vez sí, capullo, ellos intentan hacer algo más importante que tú". Me he encontrado con alguno incluso (curiosamente ingeniero), que se regodea tachando los temas de medio ambiente poco menos que de mariconadas. Todos estos comportamientos me desesperan, porque demuestran una ignorancia supina, y me hacen ver por qué el mundo va mal.

Vamos a ver, señores, preservar el medio ambiente es NECESARIO. Cómo explicarlo. Cualquiera con dos dedos de frente (incluso tal vez los que tengan uno), puede entender fácilmente el siguiente razonamiento: si los recursos fósiles del planeta disminuyen inexorablemente por razones obvias y vamos diezmando sin piedad la base de los renovables (es decir, el territorio), mientras que nuestra población (y aún más, nuestro consumo individual de estos recursos) asciende de forma meteórica, me parece que todo el mundo coincidirá conmigo en que está claro que aquí hay algo que, antes o después, va a petar.
Pero como nos hemos creado nuestra propia burbuja, somos ajenos a esto. Nos hemos alejado de una manera tan bestia de la naturaleza que hemos dejado de entender su importancia. Y eso es grave, porque no deja de ser la Madre que nos parió, y a las madres hay que cuidarlas. Hemos llegado a tal nivel de egocentrismo que las cosas 'externas' (porque ahí está el quid, no son externas) a nosotros nos parecen nimias y sin importancia. No entendemos que no hay que morder la mano que le da a uno de comer, e incluso nos reímos de gente que habla de cuidar el entorno, vaya unos cursis, que se dediquen a hacer algo útil para la sociedad.

Pero es que si me apuran, conservar el medio ambiente no es sólo una cuestión de supervivencia a largo plazo, es una cuestión moral. Porque que alguien me explique qué derecho tenemos nosotros a creernos el centro del universo y tratar como nos dé la gana un planeta en el que no estamos ni mucho menos solos, pisando a todo lo que nos estorbe lo más mínimo para nuestro 'desarrollo'. Me parece preocupante que a la gente se la sude que cada año desaparezcan centenares de especies o que el desierto se coma kilómetros y kilómetros cuadrados de suelo fértil, mientras ellos sigan estando cómodos en sus casitas. Demuestra una falta de valores realmente preocupante.

Tal vez algún día tendremos lo que nos merecemos. Y entonces pensaremos, ¿por qué no hicimos algo? La mayor lástima es que para entonces nos habremos llevado con nosotros un montón de maravillas. Es por todo esto (y más cosas) que deberéis perdonarme si a veces tengo deseos de aniquilar a la raza humana.

viernes, 8 de agosto de 2008

Un reino próspero

El rey solía salir de paseo. Le gustaba caminar por una pequeña colina que se levantaba muy cercana a su castillo. Desde allí, podía observar casi todo su reino, que se extendía bajo sus pies y hasta donde le alcanzaba la vista. Después de muchos años practicándola, esta costumbre le producía gran satisfacción.

Aquella tarde, el rey hacía su habitual recorrido y se paró en lo más alto de la colina. Observó sus tierras y comenzó a pensar. A su izquierda se erigía el magnífico castillo que había heredado de su padre, una auténtica mole de aspecto señorial. A los pies de la fortaleza y bordeando la colina, una pequeña y tranquila aldea presentaba la pausada actividad de última hora de la tarde. El sabio monarca oteaba su dominio mientras reflexionaba. A cierta distancia del pueblo, discurría el pequeño río que atravesaba el país, alegre y brillante. Más allá, la luz del atardecer bañaba los campos fértiles, custodiados por antiguas casas rurales, y los exhuberantes bosques, que se alternaban hasta los confines del reino, únicamente interrumpidos por alguna que otra calzada de tierra y esporádicos asentamientos de tímida envergadura. Ante esta visión de paz y tranquilidad, el rey se sintió satisfecho, pero siguió cavilando reposadamente, estudiando el paisaje mientras la suave brisa le acariciaba la cara, a medida que el día se apagaba.

Entonces, después de mucho pensar, y cuando el sol regalaba ya sus últimos rayos, se dijo orgulloso:
- Aquí lo que falta es un centro comercial.

jueves, 7 de agosto de 2008

Qué ricos

El otro día vi a un niño muy mono. Iba acompañado por su madre y por otro niño igual de mono, pero que parecía ser un amigo del primero. El niño lloraba. Pero no lloraba un poco, lo hacía desconsoladamente, con las mejillas empapadas y mocos cayendo de sus fosas nasales. Lo primero que pensé es que debía tener un trauma muy grande para estar así. Intentando ponerme en su lugar, se me ocurrió que tal vez le iban a operar y estaba acojonado, o le acababan de decir que su padre había muerto, o véte a saber qué.
El niño empezó a gritar. No sé qué mascullaba, pero gritaba mientras no paraba de llorar. Después de pensarlo un poco, la mujer decidió por fin hacer una parada, y se sentaron a mi lado, la madre con el niño-sopa encima, y el otro pequeñajo al lado, callado y aguantando el papelón. Finalmente, conseguí escuchar lo que discutían.
Por lo visto, el niño quería ir a jugar a otra plaza. Tan simple como eso. No quería ir a donde lo llevaban, quería ir a jugar a la plaza de tres calles más allá. Con toda su alma, por lo visto. Seguía gritando, y comenzó a dar los acostumbrados guantazos a su madre, que simplemente se dedicaba a rebatirle plácidamente a su criaturita. Pensé que, en el remoto caso de que aún no le hubiera dado una colleja hacía mucho rato, en ese momento se la habría llevado sin dudarlo. Me sacan de quicio los niños malcriados (que son muchos), y más de quicio me saca ver a los padres que no saben como lidiar con un bichejo de escasa edad, y pensar en la clase de persona en que se convertirán de adultos por culpa de los incompetentes que les han tocado como progenitores.

Más tarde, me acuerdo también de "Mallrats", donde en varias ocasiones, mientras pasean por el centro comercial, Brodie se queja de que los niños van sentados en las escaleras mecánicas y tentando a la suerte con sus manitas, y les desea a las respectivas madres que le pase algo al niño por no saber educarlo en condiciones. Al final, fuera de plano, se oye un grito pidiendo una ambulancia porque un niño se ha pillado en la escalera. Qué gustico.